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Literatura

El soñador en la penumbra

Justo hace 16 años murió Juan Carlos Onetti, explorador del fracaso y una de las voces esenciales de la literatura latinoamericana de las últimas décadas.
Onetti es de esos escritores extraños cuyas narraciones parecen prescindir de los  lectores, como bien lo hace notar el peruano Alfonso Cueto en el revelador análisis titulado “Juan Carlos Onetti. El soñador en la penumbra” (FCE).
Ahí identifica como eje creativo de su obra la relación entre la obsesión y el escepticismo, plasmados en relatos que se hablan a sí mismos, sin la necesidad de sorprender o conmover a un lector.
Cueto, quien no esconde su admiración por el uruguayo, lo conoció en Madrid en 1979, cuando recibió el encargo de entrevistarlo para la página cultural de Diario16. Fue en medio del “acerado invierno madrileño” cuando llegó hasta su puerta. Terminaron hablando de cine, específicamente de Humphrey Bogart, a quien el autor emparenta con los personajes de Onetti, observadores en lugar de actores, escépticos, “lúcidos postergados del festín de la vida”.
Así, no sorprende la etiqueta de “explorador del fracaso”, un escritor desde la penumbra en tramas donde la derrota siempre está al acecho y tarde o temprano termina atacando.
Aficionado a la mitomanía, fumador empedernido, ojos de lechuza y pelo escaso, Onetti es un narrador de lectores minoritarios, un autor de culto que despierta fanatismos. Nació en Montevideo en 1909, salió al exilio en 1974 y desde 1975 vivió en Madrid por casi 20 años, la mitad de los cuales estuvo relegado a su cama, por decisión propia. Tuvo diversidad de trabajos, entre ellos vendedor de calculadoras, y fue un eterno “segundón” en los concursos literarios, perdiendo frente a escritores buenos, regulares y malos. Murió el 30 de mayo de 1994. Nunca regresó a Uruguay.
Escribió unas 11 novelas –“La vida breve”, “El astillero”, “Juntacadáveres”, entre otras-   47 cuentos, 116 ensayos y 3 poemas.
Es en los relatos en donde Cueto se detiene con mayor atención, catalogando, por ejemplo, a “Bienvenido Bob” como “una obra maestra del relato en cualquier idioma”. En él se expone la vejez como degradación de la vida, dada la pérdida del idealismo y la fe, idea que se convierte en una constante a en sus escritos.

Daniel Carrillo
Periodista - Escritor
http://daniel-carrillo.blogspot.com

 

Cuando era liceano, el mundial y Coetzee

Se viene el mundial y Sudáfrica se ha puesto en el radar del gran público. Una mayoría a la cual este país sólo le trae a la mente la imagen de Mandela, el apartheid y la idea de un paquete turístico safari incluido.
Confieso que sólo una cosa me libra de ser parte, tal cual, de aquella mayoría: un modesto libro editado en 1998, con motivo de un encuentro de escritores chilenos, australianos y sud africanos denominado “Escribiendo el sur profundo”.
Estaba en cuarto medio. Una tarde cualquiera -¿o fue temprano en la mañana?- nos subimos a un bus hacia Valdivia junto al profesor de Filosofía y llegamos a la Universidad Austral.
Yo sólo conocía a Skármeta, gracias al “Show de los libros” y a la lectura de su volumen de cuentos “Desnudo en el tejado”. Del resto –Ariel Dorfman inclusive- no tenía la menor idea. Pero ahí estaban, blancos, negros, rubios, mestizos, conformando un variopinto grupo de hombres y mujeres de letras, algo que yo también quería llegar a ser, aunque de verdad era muy poco lo que en ese momento escribía.
Sé que seguí con atención las presentaciones, como un niño que recibe su primera consola de juegos. Sin embargo, no recuerdo casi nada; apenas que, rompiendo mi timidez pueblerina, una vez terminadas las ponencias me acerqué hacia la testera con aquel libro sudado entre mis manos y casi como un adolescente caza-autógrafos pedí que me lo firmaran. Para la posteridad, quedaron en sus páginas las rúbricas  de Dorfman, Skármeta, Zakes Mda, Roberta Sykes y, la más entrañable, Nadine Gordimer.
Su cuento antologado, “Lo último en safaris”, me impactó y me abrió el apetito por otras lecturas suyas. Recuerdo que conseguí una novela y posteriormente compré el libro de relatos “Saqueo”.
La Gordimer había obtenido el Nobel en 1991, siendo la primera –y aún única- mujer sudafricana en recibirlo. El segundo Nobel de Literatura lo consiguió en 2003 John Maxwell Coetzee (o simplemente J.M. Coetzee), de quien recientemente leí “Juventud”.
Lo primero que puedo decir de él es que la autocompasión no es una de sus virtudes. Y es que a pesar de tratarse de una novela, está muy claro que “Juventud” tiene una fuerte carga autobiográfica, narrada en tercera persona, pero en forma de memorias, donde el autor se mantiene alejado de cualquier tentativa de sacralización o autoredención. Y en medio de estas evocaciones, amargas a ratos, pero que finalmente entregan el consuelo de la experiencia, el autor va desgranando de cuando en cuando alguno de sus agudos pensamientos: “En realidad, no iría a terapia ni en sueños. La meta de la terapia es hacerte feliz. ¿Qué sentido tiene? La gente feliz no es interesante. Mejor aceptar la carga de la infelicidad e intentar transformarla en algo que valga la pena, poesía, música o pintura: es lo que él cree”.
Con el frío de la precisión literaria, el narrador no esconde los aciertos ni los reveses del protagonista, un estudiante de matemáticas e inglés, que va tras la meta de convertirse en un artista. Este objetivo lo lleva a dejar su cuna, Ciudad del Cabo, para refugiarse tras la gris niebla londinense de la era pre-Beatles. Busca escapar de la asfixia social y familiar de Sudáfrica, en donde parece haberse iniciado la cuenta regresiva para el estallido, inminencia que desnuda de forma implacable eso que han llamado “la soledad del hombre blanco”.
Claro que las dudas sobre el camino a seguir lo nublarán constantemente, sobre todo cuando debe lidiar entre tener un empleo convencional, para no ser expulsado del país, y poder llevar la vida de poeta que siempre ha soñado, con Pound como modelo más cercano. “Bastaría una decisión precipitada y habría renunciado a su vida, renunciado a cualquier oportunidad de convertirse en artista. Con una casita en propiedad en una hilera de casitas de ladrillo rojo sería absorbido sin dejar rastro por la clase media británica”, reflexiona, ante la posibilidad que le ofrece International Computers –donde llega de operador informático tras renunciar a IBM- de financiarle una casa.
En el fondo, se trata de una novela de aprendizaje, breve y que se lee con facilidad y cierta extraña emoción, gracias a la tersura de su prosa y de la heroicamente humana resistencia que levanta el protagonista contra unos valores imperantes que nunca llegará  a sentir como suyos.

 

Si breve, dos veces bueno

La extensión de una obra  no tiene nada que decir respecto a su calidad. Por lo mismo, estamos en un tiempo en que el relato breve –ese de maestros como Chejov o Kafka- ha regresado a reclamar su sitial de privilegio en el mundo de las letras, en general monopolizado por los rebuscados ardides de la novela, que siempre ha hecho las veces de “hermana mayor”.
En este contexto aparece Refik Algan, un escritor turco prácticamente desconocido en Latinoamérica, quien no sólo se atreve con relatos breves, sino que incluso invita a los lectores a adentrarse en sus “cuentos cortos cortos”.
Justamente con dos de sus libros, traducidos por primera vez al español, editorial Cuarto Propio inauguró la colección “El placer de los demás”, enfocada en la traducción de autores extranjeros.
Se trata de “Cuentos cortos cortos y La Torre del Reloj” (diciembre 2009) y “El impávido dormido. Cuentos y textos cortos cortos” (abril 2010), títulos que recogen la peculiar voz narrativa de Algan, quien recientemente visitó Chile para presentar ambas obras.
Ganador del Premio Sait Faik en 2006 –uno de los principales galardones literarios de su país-, Algan maneja con maestría el arte de la narración breve, armonizando las formas tradicionales turcas con enfoques postmodernos en donde el sueño, la alegoría, la historia circular e incluso una receta de cocina se dotan de una profundidad imperecedera.
Ejemplos hay muchos, como en las cuatro líneas de “A un amigo, hoy muy lejos” (“Cuentos cortos…”), en donde nos asoma a la muerte sin necesidad de conjurarla o en la paradoja inmutable de “La cola de caballo” (“El impávido…”).
Eso sí, los microcuentos ocupan sólo una parte de las páginas de Refik Algan, cuya imaginación también alza el vuelo en relatos de más largo aliento, como “La historia de Aislan, el ojo-TV y el Dr. Korkut” (“Cuentos cortos…”) o “Prof.” (“El impávido…”).
Traducidos por Gastón Fontaine, los dos volúmenes nos presentan a Algan como a un escritor imaginativo y sensible a la universalidad de las pequeñas situaciones cotidianas. 

Sobre Refik Algan
Además de escritor, Refik Algan es maestro sufí, escritor, médico, ajedrecista y músico. Nació en Turquía en 1952. Entre 1978 y 1980 sus textos literarios breves, escritos e historias fueron publicados en revistas especializadas de literatura tales como Yazi y Olushum en Ankara, capital turca.

   

Los quiltros llegan a las librerías

Que la vida es perra y los amores, perros.
Por lo general nos acordamos de estos animalitos cuando las cosas se ponen cuesta arriba y no nos queda otra que, justamente, patear la perra.
Pero más allá de las evocaciones lingüísticas, estos seres de pelo, colmillo y cola  siempre andan rondando por ahí, ya sea rompiendo el protocolo del desfile oficial, intentando lamer la pena salada de un cortejo fúnebre o haciendo correr tras suyo a jugadores y árbitro en medio del más disputado de los partidos.
Porque en Egipto fueron dioses; porque en Concepción presintieron el terremoto y porque en otros cientos de lugares han seguido a sus dueños hasta la tumba y también han llegado a ser el ingrediente principal de algún condimentado embutido. Por eso y porque al menos en Chile parecen condenados a acompañar el paso adusto y gris por las erráticas calles de nuestra rutina, por eso, y nada más que por eso, los perros de Chile, aunque no tengan más raza que su perruna estampa, se merecen por lo menos un libro. 
Grandes y chicos, casi todos flacos, unos peludos y otros pelados, blancos, negros, revueltos, resignados mejor que nosotros a la perra vida, más ansiosos que nosotros yendo de esquina a esquina tras sus perros amores, los protagonistas de “Raza chilena" (Ocho Libros Editores) siempre se han rascado con sus propias uñas, pero aún así ya se ganaron un espacio en la eternidad y gloria de su ladrada historia.
Capturados en blanco y negro por el lente del portugués Jorge Castro, algunos parecen estar posando, otros persiguen autos o espantan las palomas, los más se buscan alguna pulga o se rascan el lomo contra el pavimento; otros miran con ternura tratando de decir una palabra que queda a medio camino entre comida y cariño, otros bostezan y algunos, derechamente, se acurrucan para la impostergable siesta. Otros, también, podrían estar aullando por un cigarrillo, ni tan reincidentes ni conversos, atrapados tras los cercos de la perrera.
Son en total cerca de cien fotos que en ningún caso le roban el alma a estos canes, callejeros por excelencia, sino que más bien terminan rescatándolos en toda su “perrunidad”, que a ratos termina pareciéndose demasiado a la esencia de los humanos.
Y es que no son más que quiltros, al fin y al cabo, tan mezclados como nosotros mismos.

REVISAR ALGUNAS PÁGINAS DEL LIBRO: http://www.ocholibros.cl/ocholibros/details.aspx?book_uid=35f64d18-ed30-4dc1-a5fa-41e3c73769f2&group_name=perros
PÁGINA DE JORGE CASTRO:
http://www.jorgefiganiercastro.com/

 

El cuerpo también tiene una historia que contar

Nuestra historia, como cualquier otra, no ha sido protagonizada por espectros sino que por seres de carne y hueso, hombres y mujeres que de no ser por su corporalidad no habrían logrado escribir los capítulos de nuestro pasado.
Sin embargo, a pesar de que el cuerpo ocupa un lugar en el espacio y el tiempo, la historiografía nacional –y por qué no decirlo, latinoamericana en general- ha privilegiado los sucesos, las circunstancias, los hechos y sus efectos.
“De ahí que cuando se lee un relato histórico, no se busca conocer la realidad corporal de los protagonistas y menos sobre su estado emocional. Es decir, imaginamos las sociedades pasadas como si hubiesen estado integradas por sujetos incorpóreos, descarnados e insensibles”.
La cita corresponde a la presentación de “Fragmentos para una historia del cuerpo en Chile” (Taurus, 2010), un libro que compila once artículos de trece destacados estudiosos de la historia y la realidad nacional, con los historiadores Álvaro Góngora y Rafael Sagredo como directores de la investigación.
Siguiendo la tendencia europea de la antropología histórica o nueva historia, que se olvida de los grandes héroes y se centra en las “epopeyas” cotidianas de la gente común y corriente, esta obra da el puntapié inicial para comenzar a llenar el vacío que existe sobre el tópico del cuerpo a nivel nacional. Esto, abordándolo no como una mera realidad natural, sino que como algo cultural, “como parte del desenvolvimiento de lo histórico en nuestro país”.
Para ello, asumiendo una amplitud inédita, antropólogos, médicos, diseñadores y, obviamente, historiadores, abordan el tema desde sus respectivas áreas, entregando diversas miradas que abarcan también variadas épocas.
Así, por ejemplo, Carlos Valenzuela, médico cirujano y experto en genética, se cuestiona la existencia de la noción de un pueblo chileno como cuerpo social, cultural y físico homogéneo y plantea que en Chile los rasgos físicos inciden fuertemente en la condición y valoración social de los individuos. “El destino de un varón moreno, algo más bajo que el promedio de estatura, de pelo liso, ojos y tez oscuros es distinto, en sentido de ser más negativo, que el del varón más alto que el promedio, de pelo, ojos y tez claros”, escribe.
En cuanto a los genomas del pueblo chileno, Valenzuela indica que es erróneo creer que éstos provienen de los ancestros de los actuales mapuches, sino que tienen su origen en los indígenas del Norte Chico –diaguitas principalmente- y en los del centro, en especial los picunches.
Interesante también es el artículo del historiador Leonardo León, respecto al supuesto canibalismo de los mapuches. El autor concluye que la antropofagia fue una práctica atribuida por los conquistadores en el siglo XVI como mecanismo de diferenciación, contención social y exclusión política, la cual encubriría finalmente una justificación a la dominación y sus atroces excesos.
En “Fuera de sí: cuerpo, ebriedad y conciencia en Chile. 1870-1940”, de Marcos Fernández, no deja de llamar la atención la idea de que la tendencia a la embriaguez estaba instalada en la mayoría de los sectores populares, siendo aliciente para el desorden social, la ruina económica y el atraso moral. Incluso se observaban diferencias  entre distintos grados y tipos de ebriedad. Así lo indica el boletín de la Sociedad Nacional de Agricultura de 1873, que coloquialmente distinguía entre una “…embriaguez del hombre que se mantiene con frutas u otros alimentos poco sustanciosos, violenta, malévola y a menudo mortífera; de la del hombre bien alimentado, más bien alegre, humorística y divertida”.
Completan el volumen “Los rasgos físicos de los chilenos”, de Jorge Rojas; “El cuerpo en la ciudad. Santiago, 1541-1850”, de Álvaro Góngora; “Cuerpo y erotismo en Chile”, de René Salinas; “Cuerpo y seducción en Chile colonial o la hospitalidad como compensación”, de Rafael Sagredo; “Cuerpos y gestos de los nómades del fin del mundo”, de Margarita Alvarado y Pedro Mege; “Embarazo y amamantamiento: cuerpo y reproducción en Chile”, de María Soledad Zárate; “El dolor de crear riqueza. Cuerpo y trabajo”, de Luis Ortega y Enzo Videla; y “Consumo y belleza. Los cuidados del cuerpo femenino, siglos XVIII-XX”, de Jacqueline Dussaillant.

Daniel Carrillo
Periodista - Escritor
http://daniel-carrillo.blogspot.com

   

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