Cuando era liceano, el mundial y Coetzee
Miércoles 28 de Abril de 2010 16:52
Se viene el mundial y Sudáfrica se ha puesto en el radar del gran público. Una mayoría a la cual este país sólo le trae a la mente la imagen de Mandela, el apartheid y la idea de un paquete turístico safari incluido.
Confieso que sólo una cosa me libra de ser parte, tal cual, de aquella mayoría: un modesto libro editado en 1998, con motivo de un encuentro de escritores chilenos, australianos y sud africanos denominado “Escribiendo el sur profundo”.
Estaba en cuarto medio. Una tarde cualquiera -¿o fue temprano en la mañana?- nos subimos a un bus hacia Valdivia junto al profesor de Filosofía y llegamos a la Universidad Austral.
Yo sólo conocía a Skármeta, gracias al “Show de los libros” y a la lectura de su volumen de cuentos “Desnudo en el tejado”. Del resto –Ariel Dorfman inclusive- no tenía la menor idea. Pero ahí estaban, blancos, negros, rubios, mestizos, conformando un variopinto grupo de hombres y mujeres de letras, algo que yo también quería llegar a ser, aunque de verdad era muy poco lo que en ese momento escribía.
Sé que seguí con atención las presentaciones, como un niño que recibe su primera consola de juegos. Sin embargo, no recuerdo casi nada; apenas que, rompiendo mi timidez pueblerina, una vez terminadas las ponencias me acerqué hacia la testera con aquel libro sudado entre mis manos y casi como un adolescente caza-autógrafos pedí que me lo firmaran. Para la posteridad, quedaron en sus páginas las rúbricas de Dorfman, Skármeta, Zakes Mda, Roberta Sykes y, la más entrañable, Nadine Gordimer.
Su cuento antologado, “Lo último en safaris”, me impactó y me abrió el apetito por otras lecturas suyas. Recuerdo que conseguí una novela y posteriormente compré el libro de relatos “Saqueo”.
La Gordimer había obtenido el Nobel en 1991, siendo la primera –y aún única- mujer sudafricana en recibirlo. El segundo Nobel de Literatura lo consiguió en 2003 John Maxwell Coetzee (o simplemente J.M. Coetzee), de quien recientemente leí “Juventud”.
Lo primero que puedo decir de él es que la autocompasión no es una de sus virtudes. Y es que a pesar de tratarse de una novela, está muy claro que “Juventud” tiene una fuerte carga autobiográfica, narrada en tercera persona, pero en forma de memorias, donde el autor se mantiene alejado de cualquier tentativa de sacralización o autoredención. Y en medio de estas evocaciones, amargas a ratos, pero que finalmente entregan el consuelo de la experiencia, el autor va desgranando de cuando en cuando alguno de sus agudos pensamientos: “En realidad, no iría a terapia ni en sueños. La meta de la terapia es hacerte feliz. ¿Qué sentido tiene? La gente feliz no es interesante. Mejor aceptar la carga de la infelicidad e intentar transformarla en algo que valga la pena, poesía, música o pintura: es lo que él cree”.
Con el frío de la precisión literaria, el narrador no esconde los aciertos ni los reveses del protagonista, un estudiante de matemáticas e inglés, que va tras la meta de convertirse en un artista. Este objetivo lo lleva a dejar su cuna, Ciudad del Cabo, para refugiarse tras la gris niebla londinense de la era pre-Beatles. Busca escapar de la asfixia social y familiar de Sudáfrica, en donde parece haberse iniciado la cuenta regresiva para el estallido, inminencia que desnuda de forma implacable eso que han llamado “la soledad del hombre blanco”.
Claro que las dudas sobre el camino a seguir lo nublarán constantemente, sobre todo cuando debe lidiar entre tener un empleo convencional, para no ser expulsado del país, y poder llevar la vida de poeta que siempre ha soñado, con Pound como modelo más cercano. “Bastaría una decisión precipitada y habría renunciado a su vida, renunciado a cualquier oportunidad de convertirse en artista. Con una casita en propiedad en una hilera de casitas de ladrillo rojo sería absorbido sin dejar rastro por la clase media británica”, reflexiona, ante la posibilidad que le ofrece International Computers –donde llega de operador informático tras renunciar a IBM- de financiarle una casa.
En el fondo, se trata de una novela de aprendizaje, breve y que se lee con facilidad y cierta extraña emoción, gracias a la tersura de su prosa y de la heroicamente humana resistencia que levanta el protagonista contra unos valores imperantes que nunca llegará a sentir como suyos.
Si breve, dos veces bueno
Jueves 22 de Abril de 2010 10:11
La extensión de una obra no tiene nada que decir respecto a su calidad. Por lo mismo, estamos en un tiempo en que el relato breve –ese de maestros como Chejov o Kafka- ha regresado a reclamar su sitial de privilegio en el mundo de las letras, en general monopolizado por los rebuscados ardides de la novela, que siempre ha hecho las veces de “hermana mayor”.
En este contexto aparece Refik Algan, un escritor turco prácticamente desconocido en Latinoamérica, quien no sólo se atreve con relatos breves, sino que incluso invita a los lectores a adentrarse en sus “cuentos cortos cortos”.
Justamente con dos de sus libros, traducidos por primera vez al español, editorial Cuarto Propio inauguró la colección “El placer de los demás”, enfocada en la traducción de autores extranjeros.
Se trata de “Cuentos cortos cortos y La Torre del Reloj” (diciembre 2009) y “El impávido dormido. Cuentos y textos cortos cortos” (abril 2010), títulos que recogen la peculiar voz narrativa de Algan, quien recientemente visitó Chile para presentar ambas obras.
Ganador del Premio Sait Faik en 2006 –uno de los principales galardones literarios de su país-, Algan maneja con maestría el arte de la narración breve, armonizando las formas tradicionales turcas con enfoques postmodernos en donde el sueño, la alegoría, la historia circular e incluso una receta de cocina se dotan de una profundidad imperecedera.
Ejemplos hay muchos, como en las cuatro líneas de “A un amigo, hoy muy lejos” (“Cuentos cortos…”), en donde nos asoma a la muerte sin necesidad de conjurarla o en la paradoja inmutable de “La cola de caballo” (“El impávido…”).
Eso sí, los microcuentos ocupan sólo una parte de las páginas de Refik Algan, cuya imaginación también alza el vuelo en relatos de más largo aliento, como “La historia de Aislan, el ojo-TV y el Dr. Korkut” (“Cuentos cortos…”) o “Prof.” (“El impávido…”).
Traducidos por Gastón Fontaine, los dos volúmenes nos presentan a Algan como a un escritor imaginativo y sensible a la universalidad de las pequeñas situaciones cotidianas.
Sobre Refik Algan
Además de escritor, Refik Algan es maestro sufí, escritor, médico, ajedrecista y músico. Nació en Turquía en 1952. Entre 1978 y 1980 sus textos literarios breves, escritos e historias fueron publicados en revistas especializadas de literatura tales como Yazi y Olushum en Ankara, capital turca.

Justo hace 16 años murió Juan Carlos Onetti, explorador del fracaso y una de las voces esenciales de la literatura latinoamericana de las últimas décadas.